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18/9/2005
La primera traducción del Antiguo Testamento fue hecha por judíos
Un estudio revela que en el Siglo III A.C los judíos de Alejandría transcribieron las sagradas escrituras del hebreo al griego, el idioma más hablado por ese entonces en Oriente.
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Editorial San Pablo llega con artículo que invita a la reflexión.

Desde hace siglos la Biblia se viene traduciendo a las diferentes lenguas del mundo. Actualmente ya se encuentra (completa o parcialmente) en dos mil doscientos ochenta y siete idiomas. O sea que el 90% de la humanidad puede leerla en su propia lengua. Pero, ¿cuándo se tradujo la Biblia por primera vez?

La más antigua traducción de la Biblia (o mejor dicho, del Antiguo Testamento, porque el Nuevo aún no existía) fue al griego, y la hicieron los judíos en el s. III a.C. Se trató de un acontecimiento verdaderamente extraño e insólito. Por un lado ayudó enormemente a los judíos, porque permitió que miles de israelitas piadosos, que ya no entendían hebreo y sólo hablaban griego (la lengua más extendida en el Oriente antiguo), pudieran volver a leer las Escrituras y a meditar sus enseñanzas. Pero por otro lado, curiosamente, esta traducción produjo en ellos un enorme dolor, abrió profundas heridas, y su recuerdo terminó convirtiéndose en un día de duelo y luto para todos los judíos.


Esta es quizá la más polémica y paradójica traducción que haya existido jamás en la historia.


La ciudad en la ciudad


Todo comenzó en el siglo III a.C. en la ciudad de Alejandría, por entonces capital de Egipto. Allí vivía una comunidad muy numerosa de judíos que habían ido llegando en busca de mejores perspectivas de vida. Como en esa época Palestina dependía políticamente de Egipto (desde que en el 301 a.C. la había conquistado el rey egipcio Tolomeo 1), este país se había convertido en uno de los destinos preferidos por los hebreos.


La emigración judía fue tan numerosa, que en pocas décadas Alejandría pasó a ser la sede de la comunidad hebrea más grande del mundo fuera de Palestina. Del millón de habitantes que tenía la ciudad, unos cien mil eran judíos. Estos se dedicaban a toda clase de profesiones y practicaban todos los oficios, desde agricultores a recaudadores de impuestos, pasando por artesanos, preceptores y militares. Vivían en un barrio exclusivo, dentro de la ciudad, y gozaban de tanto prestigio, que se les permitió tener sus propias leyes, sus autoridades, y sus jueces para resolver los litigios entre ellos. Es decir, formaban como "una ciudad dentro de la ciudad".

El Dios bilingüe

Pero como la Ley que usaban los judíos para regirse en su comunidad era la misma Biblia (es decir, los cinco primeros libros o Pentateuco), que se hallaba escrita en hebreo, las autoridades egipcias se vieron en serios problemas. Estas hablaban griego, y al no entender hebreo les resultaba difícil supervisar la administración del barrio judío, y saber si sus funcionarios estaban aplicando bien o no las leyes.


Entonces hacia el año 250 a.c., para un mejor control de su gobierno, el rey Tolomeo II encomendó a un grupo de judíos de Alejandría la tarea de traducir aquella Ley a la lengua griega. Y de este modo, tanto el monarca egipcio como sus funcionarios pudieron conocer claramente cuáles eran las normas que regían en la comunidad israelita.


Los sacerdotes judíos de Jerusalén, al principio no vieron con buenos ojos esta traducción. Para ellos, la Ley que acababan de traducir en Alejandría no era un código cualquiera de normas. Era la Palabra de Dios, y esta sólo debía leerse en hebreo, la lengua sagrada de Israel. Sin embargo, debido a que Palestina se hallaba bajo la dominación egipcia, no tuvieron más remedio que aceptarla.


En cambio los judíos de Alejandría, que pudieron sacar copias de esta traducción, estaban felices. Tantos años de no entender el hebreo y no poder leer sus Escrituras había provocado en muchos de ellos una crisis de identidad, y había llevado a un vasto sector a abandonar la fe. Ahora la inesperada traducción del rey Tolomeo significaba el reencuentro con sus tradiciones y la vuelta a su religión.


Los setenta y dos que serán setenta



Con el paso del tiempo, en Alejandría la admiración por la Biblia griega creció de un modo tan grande, que se fueron olvidando los verdaderos motivos de su traducción, y surgieron en su lugar leyendas fantásticas que contaban su origen y su aparición. Hacia el año 120 a.C., un autor anónimo recopiló esas leyendas, como si fueran verídicas, en una pequeña obra llamada La Carta de Aristeas, con el fin de divulgar entre los judíos la veneración y el respeto por esta Biblia.


La Carta de Aristeas, pues, cuenta lo siguiente. Demetrio, director de la famosa biblioteca de Alejandría, le dijo un día al rey Tolomeo II que quería incorporar a la biblioteca la Ley sagrada de los judíos, pero traducida al griego, puesto que se trataba de una obra religiosa muy importante. A Tolomeo II le pareció bien la idea, y mandó un emisario a Jerusalén, llamado Aristeas, para pedir al sumo sacerdote Eleazar un manuscrito hebreo de la Ley y algunos traductores palestinos especializados. El sumo sacerdote, pues, escuchó el pedido y envió a Alejandría a un grupo de setenta y dos ancianos (seis por cada una de las doce tribus de Israel) junto con un pergamino de la Ley escrito en letras de oro, para realizar la tarea.


Los setenta y dos doctores llegaron a Egipto, y fueron alojados en setenta y dos habitaciones, donde trabajaron setenta y dos días. Cuando terminaron, leyeron su escrito en público y todos los sacerdotes y los expertos judíos reconocieron la perfección de esa traducción. En recuerdo de esos setenta y dos ancianos, la versión pasó a llamarse "Versión de los setenta", o simplemente "La Setenta".


La propaganda tuvo éxito


Ahí termina La Carta de Aristeas. Pero con el tiempo se crearon más leyendas, como la que decía que cuando aquellos ancianos salieron de sus habitaciones y compararon sus trabajos, las setenta y dos traducciones griegas coincidían exactamente palabra por palabra (lo cual es en verdad imposible). Esta nueva leyenda pretendía, simplemente, enseñar a la gente (especialmente a los judíos de Palestina, que sentían cierto recelo por esta traducción) que la Biblia griega había sido hecha bajo la inspiración de Dios, y que por lo tanto debía reconocerse en ella la misma autoridad que tenía la Biblia hebrea, de la cual había sido traducida.


La Carta de Aristeas y las demás leyendas dieron sus frutos; y así, la idea de que la Biblia griega estaba divinamente inspirada se fue imponiendo no sólo entre los judíos, sino también más tarde fue aceptada entre los cristianos. Y muchos padres de la Iglesia (como san Ireneo, Clemente de Alejandría, Cirilo de Jerusalén, san Epifanio y san Agustín) aceptaron el relato de La Carta de Aristeas, y admitieron la inspiración de La Setenta.

Fuente: Por Ariel Álvarez Valdés, San Pablo

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