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Frase de la sabiduría judía: “Dijo Rabí Pinjas de Koritz: Desde el día en que comencé a servir al Eterno, nunca traté de conseguir cualquier cosa. Recibo simplemente lo que Él me da”.


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5/1/2017
OR LA GOIM (luz para los pueblos)
¿Hasta cuando?
El martes 13 de diciembre 2016 según el calendario gregoriano, o 13 de kislev del año 5777 según el calendario judío, por la mañana, mi hijita Paz Lea Juana Cortez Szwarc, o simplemente Paz, o Pachi como solíamos llamarla, de 9 años, se fue de este mundo. Su alma, ese soplo divino, ese “ruaj” abandonó misteriosamente su cuerpito perfecto y quizás por tan perfecto vulnerable. La limitada y humana ciencia desconoce los motivos, había nacido con un “síndrome” desconocido y una infección pulmonar tras otra fueron afectando la capacidad de absorción de su intestino, lo que a su vez la debilitaba aún más y la vulnerabilizaba más ante los gérmenes entrando en un círculo vicioso del cual, internación mediante, no logró salir.
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Paz era una nena judía, habiendo nacido en un hogar judío pertenecía, al igual que su hermana mayor, a una comunidad ancestral de origen, así como a la comunidad argentina, combinando como tantas otras personas una filiación identitaria familiar duplicada y no por ello menos fortalecida y orgullosa en ambos sentidos. Su papá no es judío pero yo, su mamá, sí.

Y debido a nuestro temprano divorcio y a sus necesidades de cuidados especiales, Paz vivía muy poquito en casa de su papá y casi todo el tiempo en nuestra casa. Pero debo decir que mi judaísmo proviene antes que nada de mi decisión personal de abrazar valores judaicos centrados en los preceptos, y recién en segundo lugar de razones de parentesco que siempre consideré secundarias pues entendí como peligrosamente errado confundir la riqueza de un legado cultural con una combinación genética, tal como lo pensaban los nazis, siendo que las identidades se abonan y construyen y no se heredan mágicamente.

Mi madre no nació en un hogar judío, sino en uno de origen italiano en el cual le inculcaron una educación católica sostenida y convencida, y cuando tuvo la razón y la decisión suficiente creyó encontrar en el judaísmo una cosmovisión más acorde a las preguntas que entonces se hacía. Fue así que siendo adulta y ya casada con mi padre, judío por origen y por convicción, procedió a realizar un proceso de conversión de la mano de un rabino y agregar a su nombre gentil el nombre de Ruth, para coronar a aquel proceso de transformación a través del cual se había parido a sí misma hacía tiempo, lentamente. En ese contexto es que papá y mamá, los abuelos de Paz, su “zeide” y su “nona”, eligieron para mi hermano y para mi educarnos dentro del judaísmo, mandarnos a escuelas judías incluso hasta la secundaria, en mi caso incursionando en la mijlalá, llevarnos a clubes judíos, hacer nuestros bar y bat Mitzvá, etc. Con el aval del papá de Paz, decidí lo mismo para mis dos hijas, y aunque las limitaciones en el desarrollo y crecimiento general de Paz no le permitían una socialización “normal”, así y todo ella formaba parte de ese contexto cultural.

Sin embargo, el día que Paz fallece el cementerio judío de Berazategui se niega a recibir y enterrar al cuerpito de mi hija aludiendo que yo debía haberme convertido antes en quien yo ya era y siempre fui. La comunidad judía no recibió a Paz, no la quiso, la rechazó, mientras tantos judíos de “vientre” judío que se desprecian a sí mismos, que ni siquiera saben lo que es el judaísmo, que no reconocen media Mitzvá, que son accidentalmente judíos, sí son recibidos porque la AMIA confunde judaísmo con racismo, legado cultural con raza e idishkeit con endogamia.

Comprendo las razones de la endogamia, pero los hechos vienen demostrando hace tiempo que casarse entre judíos no sólo no aumenta las probabilidades de preservar al judaísmo, sino que incluso deja a la comunidad inerme y sin capacidad de reacción ante la asimilación lenta y segura que convierte en no judíos a tantos hogares de origen judío con apellidos robustos mal llamados judíos. No hay más judío que aquella persona que abraza al judaísmo por elección y no por obligación o herencia, aún cuando tal herencia existe, deberían entenderlo nuestros dirigentes comunitarios así como lo entendieron alguna vez nuestros ancestros con Ruth.

¿O acaso nuestros dirigentes le habrían cerrado las puertas de sus cementerios al rey David para enterrar a su hijo Absalon por descender de Ruth o a Jesús mismo, quien antes que cristiano era judío?
No hay comunidad cultural que se sostenga en el tiempo perfectamente cerrada e impermeable al mundo exterior, porque no sólo no es posible sino tampoco deseable, ya sea desde un punto de vista genético y sanitario como desde un punto de vista de la riqueza que el intercambio entre culturas significa. Es un hecho empíricamente deductivo que el pueblo judío siempre se ha mezclado y que el judaísmo como linaje es un mito que sólo se sostiene merced a un guiño de hipocresía entre aquellos que se sienten a salvo por ser “parte de” sin mediar esfuerzo alguno.

El pueblo judío no hubiera podido sobrevivir ni física ni genéticamente sin mezclarse, incluso las variaciones étnicas y morfológicas de cada comunidad alrededor de la diáspora así lo demuestran, y su verdadero mérito no ha sido el saber casarse entre sí sino el haber sabido vivir en el mundo durante tantos siglos sosteniendo la convicción de aquello que uno considera valioso, aún entre los otros.

Podríamos interpretar que el mandato de constituirse en “or la goim” (luz para los pueblos) resume esta idea de ser uno mismo entre los otros, en intercambio de mutuo reconocimiento con el otro, sin avasallar pero sin someterse y en donde es la cultura el eje, el corazón del legado y no un falso linaje que al fin de cuentas poco a poco se está volviendo cáscara vacía y negación de lo que el judaísmo mismo dice y pretende ser, que es amar al prójimo como a uno mismo.
Lina Szwarc

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