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26/7/2007
La negación del Holocausto en el mundo árabe/musulmán
En un interesante y extenso articulo, Julián Schvindlerman, analiza la posición del mundo árabe-musulmán sobre el Holocausto.
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“¿Qué es peor: el Sionismo o el Nazismo?”. Tal fue la pregunta presentada en el website de la cadena de televisión satelital árabe Al-Jazeera el Día de la Independencia de Israel en el año 2001. Más de 12.000 partícipes árabes de esta encuesta cibernética compartieron su impresión: el 84.6% opinó que el sionismo era peor que el nazismo, el 11.1% sostuvo que el sionismo era igual al nazismo, y apenas el 2.7% afirmó que el nazismo era peor que el sionismo.

Según una encuesta realizada a mediados de 1999, de un total de 1600 palestinos, libaneses, sirios y jordanos, el 82.3% dijo no sentir pena alguna por las víctimas judías del Holocausto. Cuando se les preguntó el motivo, el 53% respondió que la razón era que el Holocausto nunca ocurrió.

Evidentemente, el asesinato sistemático de alrededor de seis millones de judíos durante la Segunda Guerra Mundial perpetrado por el estado nazi-alemán y sus colaboradores (genocidio conocido como “Holocausto”, o “Shoá” en hebreo) ocupa un lugar problemático en la cultura árabe e islámica contemporánea.

Las actitudes de árabes y musulmanes respecto de este hecho histórico varían desde la minimización (“no hubo más de 400.000” judíos muertos entre 1939 y 1945, conforme a un conductor televisivo palestino) hasta la negación (el Holocausto ha sido un “mito” según el actual presidente iraní) y desde la relativización (“yo se que al pueblo judío no le gusta la comparación, pero todo el mundo tiene su propio holocausto” en la opinión de un diplomático saudita) hasta la glorificación (“En defensa de Hitler”, tal el título de una nota escrita por un clérigo de la universidad egipcia Al-Azhar) .

La manifestación más pública de las arriba citadas ha sido la instancia negacionista. Dos iniciativas del tipo llevadas a cabo en el año 2006 en Teherán, han ubicado en la actualidad a la República Islámica de Irán como la nación líder en el mundo musulmán en este campo. La primera de ellas ganó notoriedad en febrero del año pasado, cuando el régimen iraní anunció un concurso internacional de caricaturas sobre el Holocausto; el mismo era una suerte de “respuesta” a la previa publicación en el periódico danés Jyllands Posten de doce caricaturas sobre Mahoma, consideradas ofensivas por los musulmanes. Doscientas caricaturas fueron exhibidas - seleccionadas de entre 1.200 recibidas- en el Museo de Arte Contemporáneo de Teherán, de las que finalmente doce fueron elegidas como las ganadoras. En noviembre del 2006 Irán otorgó el primer premio (de u$s 12.000) a un marroquí, el segundo fue compartido por un brasilero y un francés, y el tercero lo obtuvo un iraní. El curador de la exhibición, Masoud Shojai, indicó que el concurso sería llevado a cabo anualmente. “De hecho, continuaremos [organizándolo] hasta la destrucción de Israel”, enfatizó.

Ni bien finalizó el certamen de caricaturas, comenzó una conferencia titulada “Revisión del Holocausto: Visión Global” que reunió en Teherán a musulmanes judeófobos, supremacistas blancos cristianos, y a ultraortodoxos judíos antisionistas en un singular festival de odio racial. Durante dicha conferencia, una entidad fue fundada con el propósito de “estudiar” más profundamente el tema, bajo el nombre de “Fundación Mundial para Estudios del Holocausto”.

Un indicio de a que tipo de conclusiones la flamante fundación arribará luego de sus “estudios” podemos ya verlo en una aseveración efectuada por su secretario-general, Mohammad Alí Ramin, a la sazón asesor presidencial, cuando afirmó que Hitler había sido judío, que las políticas del Fuhrer habían tenido como objetivo la creación del Estado de Israel y que Gran Bretaña cooperó con el esfuerzo nazi para deshacerse de los judíos de Europa.

Por más lunática que suene la idea, lo cierto es que los iraníes no están creando precedente con esta afirmación despampanante. El actual premier palestino Mahmoud Abbas (Abu Mazen) -quién a su vez firmó la Declaración de Principios en Washington en 1993 que inauguró el proceso de paz entre israelíes y palestinos- dedicó un libro entero al desarrollo de la “teoría” de que los judíos cooperaron con los nazis en su supuesto auto-exterminio. Escrita como tesis académica para una universidad soviética en 1982, el trabajo se titula “La otra cara: la conexión secreta entre el sionismo y el nazismo”.

Dos años más tarde, la tesis fue publicada en lengua árabe en Jordania y desde entonces se ha convertido en un trabajo ampliamente citado por estudiantes y propagandista árabes en la región. Análogamente, Radio Damasco emitió esto a fines de 1998:
“Varios autores e investigadores alrededor del mundo han concluido que todas las historias al respecto fueron exageradas e inventadas, dado que varios oficiales judíos sirvieron en el comando nazi, entre los cuáles varios eran cercanos a Hitler.”

El negacionismo no es un fenómeno nuevo en la región. “Nadie, ni siquiera el más simple de los hombres, toma seriamente la mentira respecto a los seis millones de judíos que fueron asesinados. ¿Cómo pueden ustedes?” preguntó en 1964 el presidente egipcio Nasser al editor del Deutsche Soldaten und Nazional Zeitung. Una generación después, el legado de Nasser puede apreciarse en Egipto: el articulista Muhammad Abd Al-Mun´im, escribiendo en el diario cairense Al-Akhbar, tildó al entonces Secretario de Estado norteamericano Colin Powell de poseer el “cerebro de un pájaro” por haber visitado en Israel el museo del “falso Holocausto de los judíos en la Segunda Guerra Mundial“ en ocasión de su viaje por Medio Oriente en Marzo de 2001. La moda está ampliamente esparcida. Los “judíos han inventado la leyenda del Holocausto” sostiene el líder del Hizbollah Hassan Nasrallah. El genocidio judío durante la Segunda Guerra Mundial es “un cuento inventado sin base alguna” dice el website oficial del Hamas. “Ni idea de cómo ni cuantos fueron asesinados” dijo el presidente sirio Bashar al-Assad a un entrevistador.

Pero aún para los estándares regionales, el debate acontecido en la sociedad palestina sobre el Holocausto a principios del actual milenio merece un señalamiento especial. En Abril de 2000 -cuando el proceso de paz entre israelíes y palestinos estaba aún en curso- un simposio fue organizado en Nicosia, Chipre, bajo el lema “como afianzar la paz a través de la educación” con la participación del ministro de educación israelí y el sub-secretario palestino de planeamiento y cooperación internacional. En dicha ocasión, Anis Al-Qaq, el representante palestino, expresó su disposición a incluir la temática del Holocausto en la currícula educativa. La prensa palestina no publicó nada respecto al evento, con la excepción de un único diario que omitió las declaraciones de Al-Qaq. Pero sus declaraciones sí fueron tomadas por la prensa del mundo árabe y rápidamente se esparció la noticia de que la AP estaba discutiendo con Israel la posibilidad de adoptar el Holocausto como tema de estudio. La reacción por parte de legisladores, profesores, historiadores, intelectuales y figuras religiosas palestinas fue reveladora.

El Dr. Musa Al-Zu´but, presidente del Comité de Educación del Consejo Legislativo Palestino (CLP) dijo que “no habrá tal intento de incluir la historia del Holocausto en el currículum palestino...el consejo en general, y el comité educativo en particular, siguen [de cerca] lo que es enseñado en el currículum, y evalúan si algo contradice o daña la historia palestina”, y agregó: “nosotros no tenemos ningún interés en enseñar el Holocausto”. Otro miembro del CLP y líder del Fatah, Hatem Abd Al-Qader, afirmó que enseñar sobre el Holocausto en escuelas palestinas “es un gran peligro al desarrollo de la mentalidad palestina” y enfatizó que “nos opondremos a cualquier experimento que pueda perjudicar la mente, identidad o raíces históricas de los palestinos”.

El historiador Issam Sisalem, quién en el pasado había negado la existencia de las cámaras de gas, dijo que el Holocausto era un evento ampliamente exagerado y que no merecía atención. El intelectual palestino Abdallah Horani desechó la sugerencia de Al-Qaq sobre la base de que Israel no necesita “los esfuerzos de los palestinos en esparcir la falsa historia sobre el Holocausto”.

Por su parte, el jeque Nafez Azzam, líder del movimiento Jihad Islámica Palestina en Gaza, atribuyó proporciones cósmicas al asunto, señalando que “la intención de enseñar el Holocausto en escuelas palestinas contradice el orden natural del universo”.

Obviamente, bajo este tipo de atmósfera nada que se aproxime a un tratamiento objetivo del tema podría ser incluido en los programas educativos palestinos. El Holocausto no es enseñado.
De hecho, el Holocausto no es enseñado en absolutamente ningún país árabe. Muy por el contrario, el oficialismo de varias naciones árabes y musulmanas promueve la negación o relativización del Holocausto.

En cualquier caso, la incomodidad que suscita este tema en círculos árabes puede apreciarse en las reacciones egipcias y jordanas a la adopción (sin votación), por parte de la Asamblea General de las Naciones Unidas, del Día Internacional de Conmemoración anual en memoria de las víctimas del Holocausto. Durante el debate que acompañó la adopción de esta resolución en el recinto de la ONU en noviembre del año 2005, el delegado egipcio Maged Abdelfattah Abdelazziz no expresó objeción alguna a la designación del día de recordación, pero dijo tener reservas sobre los párrafos operativos Nos. 2 y 6 de la resolución; justamente los párrafos en los que se insta a los estados-miembro “a que elaboren programas educativos que inculquen a las generaciones futuras las enseñanzas del Holocausto...” (párrafo No.2) y en los que se pide al secretario-general “que establezca un programa de educación titulado ´El Holocausto y las Naciones Unidas´ y que adopte medidas para movilizar a la sociedad civil en pro del recuerdo del Holocausto y la educación sobre esa tragedia...” (párrafo No.6).

El delegado jordano Zeid Ra´ad Zeid Al-Hussein definió al Holocausto como un crimen de proporciones colosales y luego agregó una infeliz referencia al conflicto palestino-israelí al afirmar que, desafortunadamente, “´Nunca Más´ fue también a veces usado como una forma de justificación moral para la implementación de algunas políticas, cuyo efecto fue la continua dominación de un pueblo por otro”. Estas fueron las acotaciones de los únicos dos países árabes que han entablado una paz formal con el estado judío en toda la región.

Efectivamente, el genocidio judío de hace sesenta años provoca sensaciones extrañas en el mundo árabe y musulmán.

Los registros del Holocaust Memorial Museum de Washington, D.C. muestran que tan solo un líder árabe ha visitado oficialmente el museo en sus trece años de vida. En algunos países de la región la película “La Lista de Schindler” fue prohibida, en tanto que la negación del Holocausto está ampliamente difundida y aceptada en la literatura, la prensa, la cultura popular e intelectual y el discurso político árabe y musulmán.

¿Por qué? Básicamente, porque les es psicológicamente necesario y políticamente útil. Desde el punto de vista árabe/musulmán, la creación del Estado de Israel se debió a los acontecimientos del Holocausto judío. Al negar la veracidad de este hecho creen poner en tela de juicio la legitimidad de la secuela indeseada. En palabras del ministro de relaciones exteriores iraní, Manoujehr Mottaki: “Si la versión oficial del Holocausto es puesta en duda, entonces la identidad y naturaleza de Israel será puesta en duda”.

Más allá del apego milenario del pueblo judío con la Tierra de Israel y de que históricamente el sionismo precede al estallido de la Segunda Guerra Mundial en al menos medio siglo, en la cultura árabe e islámica abunda esta noción vinculante entre Holocausto y fundación del Estado de Israel. Además, pareciera estar presente una resistencia colectiva a pintar a los judíos (léase israelíes) como víctimas sufrientes. Daría la impresión de existir una suerte de “competencia” unilateral árabe por el monopolio del sufrimiento para conformar la imagen del israelí como ocupador (y así justificar la “resistencia”).

En ese esquema, la idea del judío como víctima que el Holocausto conlleva ha de ser suprimida. Tal como escribiera Elias Khalil en el semanario del partido político árabe-israelí “Balad”:
“Nuestro interés nacional como un pueblo es separar, lo más posible, los problemas acuciantes de nuestro pueblo del sufrimiento de los judíos en otras partes en el mundo, cuyo ápice fue el Holocausto europeo. Es nuestra obligación desprender el conflicto palestino-israelí del peso del Holocausto nazi en Europa, de manera que nuestros problemas no serán empequeñecidos detrás de su Holocausto”.

A su vez, debemos advertir la presencia de un sentimiento antijudío, dado que la negación del Holocausto es una forma contemporánea de antisemitismo. Y finalmente, podría también estar en juego una intención deliberada de borrar un capítulo infame de la propia historia árabe; una historia de admiración filo-nazi y de activa colaboración, en ciertos casos, con el Eje nazi-fascista. Puesto que si bien el Holocausto ha sido un fenómeno eminentemente europeo, éste ha impactado también en las tierras árabes y musulmanas del Medio Oriente, y el papel que éstos han jugado durante este período negro de la historia moderna dista mucho de poder ser calificado de digno.

El “Nacional-socialismo” del Gran Mufti de Jerusalén
La simpatía con la que las naciones árabes vieron a la Alemania nazi estuvo ciertamente basada en aspectos nacionales e intereses políticos, tales como resentimiento hacia Francia e Inglaterra así como oposición a la inmigración judía a Palestina. Después de todo, el exterminio colectivo de los judíos pondría término, radical y definitivamente, a las aspiraciones sionistas de crear un Hogar Nacional Judío en Palestina. Sin embargo, el fuerte nexo entre el nazismo y el mundo árabe trascendió los dictados de la realpolitik; basándose en valores y actitudes comunes hacia los judíos.

En palabras de Haj Amín al-Husseini -por aquél entonces Gran Mufti de Jerusalém, Presidente del Consejo Supremo Musulmán, y Presidente del Alto Comité Arabe- en otras palabras, la más prominente figura religiosa y política de la época en el Medio Oriente: “Hay una similitud definitiva entre los principios del Islam y los principios del Nazismo”.

Dicha “similitud” quedó claramente plasmada en la práctica. El Tercer Reich invirtió considerable capital en las actividades del mufti y otros dignatarios árabes pro-nazis. Una porción del presupuesto de la cancillería alemana y las SS de Himmler estaban asignadas a financiar actividades árabes pro-nazis, entre otras, las revueltas árabes que el mufti orquestó en 1936 en Palestina. En 1941, al-Husseini fue recibido en Roma y en Berlín, respectivamente por Mussolini y Hitler.

En general mantuvo regulares contactos con los nazis en Alemania, los fascistas en Italia y los japoneses, convirtiéndose de facto en el 4to integrante del Eje. A principios de la década del 40 estableció una escuela para líderes religiosos musulmanes en Alemania, así como un “instituto para la investigación en torno a la cuestión judía en el mundo musulmán”, basado en un modelo alemán.

En Berlín se albergó en una gran casa en la calle Klopstock, la que hasta 1939 había sido una escuela hebrea. Desde su base en Alemania, el mufti supervisó las políticas de propaganda, operaciones de espionaje, actos de sabotaje, y el reclutamiento de musulmanes a milicias pro-nazis en países ocupados por el Eje en el Norte de Africa y Rusia. Tenía a su disposición estaciones de radio en Berlín, Zeissen, Bari, Roma, Tokio y Atenas, desde las cuales conducía la propaganda pro-nazi hacia el Medio Oriente. El mufti regularmente difundía mensajes por radio “y sus emisiones estaban entre los pronunciamientos pro-Eje más violentos alguna vez generados”.

Ya en 1939 era publicado en Berlín un periódico en lengua árabe, Barid al-Sharq, para ser distribuido en el Medio Oriente. Los cuarteles del mufti en Ginebra y Estambul le permitían propagar sus actividades de espionaje a lo largo de todo el Medio Oriente, dónde tenía agentes en Palestina, Siria e Irak además de mantener contactos con agentes de inteligencia alemanes en Turquía.

En 1940 solicitó a Alemania que “resuelva la cuestión de elementos judíos en Palestina y otros países árabes en concordancia con los intereses nacionales y raciales de los árabes y en líneas similares a aquellas empleadas para resolver la cuestión judía en Alemania e Italia”(enfasis agregado). A un oficial nazi le dijo que los judíos debían irse de Palestina; “están libres de irse al infierno” acotó.

En varias oportunidades al-Husseini instó al Tercer Reich que bombardee Tel-Aviv y Jerusalém en un “ataque [que] debe ser efectuado con una gran fuerza para que tenga un efecto duradero” tal como sostiene un reporte (por aquél entonces secreto) del Comando de la Fuerza Aérea Alemana del 29 de Octubre de 1943.

Cuando las tropas de Rommel ingresaron a Nord Africa, amenzando el Medio Oriente, el mufti no ocultó su agrado. En una carta fechada 4 de Julio de 1942, al-Husseini escribió:
“Permítame, Fuhrer, expresarle la sincera alegría del pueblo árabe y mis mejores deseos en la ocasión de la victoria del Eje en Nord Africa...El pueblo árabe continuará luchando a su lado contra el enemigo común hasta la victoria final”.

Alemania correspondió la cortesía del mufti. En una carta con fecha Noviembre 2 de 1943, Heinrich Himmler elogiaba la “alianza natural que existe entre el Nacional-Socialismo de la Gran Alemania y los musulmanes amantes de la libertad de todo el mundo”. Haj Amín al-Husseini no limitó su apoyo al Fuhrer a la esfera declarativa solamente. Unos pocos meses luego de su arribo a Berlín, el mufti comenzó a reclutar a estudiantes árabes en Alemania, prisioneros de guerra árabes e inmigrantes, a una Legión Árabe pro-nazi. Un destacamento germano-árabe ya había sido formado con voluntarios árabes en Alemania, los que vestían el uniforme alemán portando un emblema con la frase “Frei Arabien”.

El mufti aspiraba a reclutar 500.000 soldados marroquíes, tunecinos y argelinos. No se limitó tampoco a árabes étnicos sino que apeló a los musulmanes, especialmente en Bosnia y la Unión Soviética; solamente en los Balcanes reclutó decenas de miles a la Wehrmacht. En momentos en que el único refugio posible de los judíos europeos era Palestina, el mufti no escatimó esfuerzos en bloquear este único escape posible.

Desde Berlín, entre 1942 y 1944, al-Husseini trabajó sin cansancio para impedir el rescate de judíos de Hungría, Rumania, Bulgaria y Croacia. Wilhelm Melchers durante los Juicios de Nurenberg dijo que “El mufti era un enemigo fiero de los judíos y no ocultó [el hecho de que] le gustaría verlos a todos liquidados”. La comunidad judía mundial intentó (en vano) en 1947 someter al mufti ante el Tribunal de Nurenberg bajo cargos de criminal de guerra a partir de su involucramiento en los planes genocidas hitlerianos. Haj Amín al-Husseini murió como hombre libre, por muerte natural, en Beirut en el año 1974.

La admiración árabe-islámica hacia el Nazismo
No fue al-Husseini, sin embargo, el único simpatizante árabe del Tercer Reich. La admiración árabe hacia Hitler estalló con entusiasmo en el Medio Oriente en cuanto el Fuhrer subió al poder en 1933, tal como atestiguan los varios telegramas de felicitación enviados desde varias capitales árabes. La escena se repitió al año siguiente cuando el partido nazi promulgó las Leyes de Nurenberg.

Ya en 1937 Goebbels aduló la “concientización nacional y racial” de los árabes notando que “en Palestina flamean banderas nazis y decoran sus casas con swastikas y retratos de Hitler”. A su vez, partidos creados a semejanza del Nacional-Socialismo y organizaciones juveniles pro-germanas, así como unidades de batalla, aparecieron en el mundo árabe, notablemente en Siria, Irak, Marruecos, Túnez y Egipto. Por ejemplo, alrededor de un tercio de la Phalange Africaine (también conocida como la Légion des Volontaires Francaise de Tunisie), organizada por oficiales del régimen de Vichy en Túnez, eran árabes.

La brigada Nord Africaine, íntegramente formada por voluntarios árabes argelinos, era liderada por un ex oficial francés llamado Mohamed el-Maadi que tenía el apodo de “SS Mohamed”. En 1942, los nazis crearon el Batallón de Entrenamiento Árabe-Germano al que se sumaron voluntarios desde Egipto, Arabia Saudita y la región del Levante. La Deutsche-Arabische Legión (también denominada Sonder Verbande 287), otro batallón, fue quizás la más famosa formación árabe en el ejército alemán. Además, una unidad de unos cien árabes expertos en demolición fue creada en Túnez.

Compuesta por tunecinos, marroquíes, argelinos, sirios, egipcios e iraquíes, recibió entrenamiento en Berlín y fue posteriormente regresada a Túnez para luchar contra las tropas aliadas. Un observador militar estimó en 13.000 el número de árabes que se ofrecieron a servir en el ejército alemán o en la Francia colaboracionista. Aún cuando su contribución militar pueda haber sido menor en el marco mayor de una guerra mundial, no deja de ser indicativo de las proclividades pro-fascistas y pro-nazis de los nativos de la región y de su disposición a asistir al esfuerzo bélico alemán.

El sentimiento pro-nazi se materializó con violencia en Baghdad en Junio de 1941 cuando un pogrom pro-nazi estalló luego del fallido golpe de estado liderado por Rashid Ali al-Khilami (con asistencia del mufti) en el que casi 180 judíos fueron asesinados y cerca de mil heridos, 242 niños quedaron huérfanos, libros de rezos judíos fueron profanados, 576 negocios pertenecientes a judíos fueron saqueados, y 991 casas judías y sinagogas fueron destruidas. Muchas de las leyes antijudías del régimen nazi fueron aplicadas en África del Norte. Así, en Marruecos, el pashá de Marrakesh impuso un alto impuesto a los judíos del ghetto (denominado “mellah”). El pashá de Salé emitió un edito que prohibía a los judíos contratar a musulmanes. En Beni-Mellal, el gobernador musulmán local y el controlador civil francés conjuntamente decretaron que cualquier europeo tenía el derecho de alojarse en las casas de propietarios judíos.

El-Belag, un periódico árabe argelino, propuso en diciembre de 1940 a las fuerzas ocupantes de Vichy que adoptaran medidas raciales nazis tales como la de obligar a los judíos a usar ropajes distintivos. En las zonas rurales de Túnez, los judíos debían públicamente usar una Estrella de David en sus ropas. Más de cien campamentos de trabajo forzado fueron establecidos en tierras árabes por los nazis alemanes, los franceses colaboracionistas y los italianos fascistas en los que árabes sirvieron como guardias, empleados, policías, y torturadores.

Las modalidades militares nazis fueron imitadas a tal nivel que incluso slogans nazis fueron traducidos al árabe. Una canción popular en voga en el mundo árabe a finales de la década del 30 decía así:
“No más Monsieur, no más Mister
En el cielo Allah, en la tierra Hitler”.

Otra tarareaba: “Vamos, vamos, desearía estar contigo, Hitler”. Adolf Hitler, por su parte, fue “islamizado” adquiriendo la nueva apelación de Abu Alí. Adulación al nazismo se esparció por el Medio Oriente como un encanto hechizante. Entre los varios simpatizantes del nazimo en la región se encontraban Ahmad Shukairi (primer titular de la OLP), Gamal Abdel Nasser, Anwar Sadat (ambos posteriorment presidentes egipcios), líderes fundamentalistas islámicos, y los fundadores del panárabismo socialista Ba´th, actualmente en el poder en Siria y hasta el año 2003 en Irak.

Uno de los líderes bat´histas, por ejemplo, describió así este hecho:
“Eramos racistas, admirando el nazismo, leyendo sus libros y las fuentes de su pensamiento...Fuimos los primeros en pensar en traducir Mein Kampf. Quien haya vivido en este período en Damasco apreciaría la inclinación del pueblo árabe hacia el nazismo, dado que el nazismo era el poder que podía actuar como su campeón...”.

Ahmad Shukairi relató de esta forma en sus memorias cuál era el ánimo en la calle árabe por aquellos años:
“Las noticias sobre victorias alemanas en Europa llenó nuestros corazones con gran esperanza...Yo solía sentarme frente al mapa, lapicera en mano, oyendo los comunicados militares de la radio Berlín, regocijándome sobre los triunfos alemanes...He celebrado el nuevo año, 1942, con las noticias de grandes victorias del Eje en Europa y Nord Africa. No hemos hablado de otra cosa sino de Rommel, y [estabamos] esperando el arribo de su ejército victorioso a Egipto y Palestina”.

Antun Saada, el fundador de un partido fascista en Siria, se enorgullecía en llamarse “Fuhrer de la nación siria”. La plataforma de su partido aducía que los sirios eran “una raza distinta y naturalmente superior”. El Dr. Maruf al-Dawalibi, descrito por un oficial de las SS como “nuestro hombre de confianza” fue Primer Ministro en Siria en 1950.

El futuro Rey Khaled de Arabia Saudita cenó con Hitler la noche de la capitulación de Checoslovaquia, oportunidad en la que brindó en honor del evento. A principios de la década del 40, el Príncipe de Egipto, Mansour Daoud, se unió a las SS. El general Aziz Alí al-Masri, del partido nazi egipcio, formó y lideró una red de espionaje que operaba para la inteligencia alemana.

Cuando el ejército alemán tomó posiciones próximas a Alejandría en 1942, slogans pro-nazis fueron pintados en las paredes mientras que estudiantes egipcios cantaban en las calles “¡Adelante Rommel!”. El mismo año, el escritor popular egipcio Abbas Mahmud al-Aqqad armaba coplas con los nombres de Hitler, Napoleón y Mahoma, aludiendo a ellos como genios militares. Algunos árabe se habían unido tan fielmente a los nazis que terminaron escapando con ellos ante el avance aliado en África del Norte. Entre otros, Rashid Driss, líder de la Jeunesse Musulmane, una agrupación juvenil musulmana pro-nazi; Hamadi Boujemaa, un comerciante fuertemente ligado a las autoridades de ocupación alemanas que halló refugio en Suiza; y el gobernador provincial de Gabes así como el magistrado local.

El sentimiento de la posguerra

Líderes y personalidades árabes han expresado públicamente admiración por Hitler, aún luego de su muerte. Por ejemplo, en Septiembre de 1953 circuló el rumor por el mundo árabe de que el líder nazi estaba vivo, escondido en Brasil. El semanario del Cairo Al-Musawwar preguntó a varias figuras públicas egipcias qué le escribirían a Hitler, si las noticias resultaran verdaderas. Entre quienes respondieron figuraba Anwar Sadat, quién en una carta abierta publicada el 18 de Septiembre de 1953, se dirigió en estos términos hacia el Fuhrer (para entonces los horrores del infierno nazi eran bien conocidos):
“Estimado Hitler: Lo bendigo con todo mi corazón...El mismo hecho de haberse convertido en inmortal en Alemania es suficiente motivo de orgullo. Y nosotros no nos sorprenderemos en verlo nuevamente en Alemania, o a un nuevo Hitler en su lugar”.

Al visitar Jerusalém en 1977, Sadat vistió una corbata cuyo motivo de diseño consistía en pequeñas cruces esvásticas. Esta adulación por Hitler no menguó con el correr del tiempo. En la revista francesa Les Temps Modernes escribió en 1965 un comentarista marroquí al respecto: “Un mito hitleriano es cultivado a nivel popular. La masacre de los judíos por Hitler es alabada. Incluso se cree que Hitler no está muerto. Su arribo es esperado...”. En 1973 un destacado escritor egipcio, Anis Mansour, defendió la política de exterminación de Hitler sobre la base de que los judíos “están interesados en destruir todo el mundo” y lamentó la inconclusa tarea del Fuhrer: “¡ojalá hubiera terminado!”. Este sentimiento popular aún no ha desaparecido. A mediados de 2001, un columnista del diario Al-Akhbar (esponsoreado por el gobierno egipcio) escribió estas líneas:
“Gracias a Hitler, de bendita memoria, quién en nombre de los palestinos, vengó por adelantado, contra los criminales más viles en la tierra. Aunque tenemos una queja contra él dado que su venganza contra ellos no fue suficiente”.

Dos meses más tarde, el sindicato de prensa egipcio premió a este columnista con su más alta distinción. Y cuando el premio Nobel de literatura Gunter Grass confesó en agosto del año pasado haber sido miembro de la Waffen SS en su juventud, “un número de intelectuales árabes se apresuraron a exteriorizar su apoyo” al laureado escritor, según el historiador Fawwaz Traboulsi.

Por su parte, la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) ha tenido fuertes vínculos con agrupaciones neo-nazis, tales como el grupo “Cuerpos Libres de Adolf Hitler” liderado por el neonazi Udo Albrecht, la “Acción Germana” de Manfred Roeder, “Deportes de Guerra” de Karl Heinz Hoffman, “Acción Socialista Nacional” de Michael Kuhnen, y el V.S.B.D., todos los que recibieron entrenamiento en campamentos terroristas de la OLP en el Medio Oriente. Además, la organización palestina gozaba de los servicios de otras varias figuras estelares del mundo neo-nazi, tales como Johann Schuller (un ex oficial nazi que le vendió armas y reclutó instructores militares para la OLP en Roma); Jean Tireault (secretario de la agrupación “La Nation Europpeenne” y coordinador de actividades terroristas en Bruselas, se convirtió en asesor de la OLP); Francois Arnoud (uno de los fundadores del partido neo-nazi suizo y presidente del Banco Comercial Arabe en Ginebra, pasó a ser el banquero de la OLP en Europa); y Karl van der Put (un neo-nazi belga activo en reclutar voluntarios para la OLP).

Las simpatías filo-nazis del movimiento nacional palestino de antaño se manifestaron una vez más con la conformación de la Autoridad Palestina (AP) en los años noventa. Durante la graduación de policías de la Autoridad Palestina en Jericó, en Agosto de 1995, los graduados tomaron juramento de lealtad con los brazos extendidos en saludo nazi. Tan aceptada es la figura de Hitler que –además de ser Mein Kampf best-seller en los territorios autónomos palestinos -Fawzi Salim al-Mahdi, un oficial de “Fuerza 17” (la guardia presidencial del ahora difunto Yasser Arafat), conocido como “Abu Hitler”, nombró a sus hijos Eichmann y Hitler. No es esto excepcional, en casi todas las facciones de la OLP activistas palestinos han adoptado “Hitler” y “Rommel” como nommes de guerre. Por su parte, Arafat –se recordará, pariente de Haj Amín al-Husseini -ha hecho referencias públicas a la estima y orgullo que sentía por éste. “La OLP”, declaró Arafat en 1985, “continúa el sendero marcado por el Mufti”.

Por último, mientras que prácticamente todo el mundo occidental estalló indignado y protestó, a principios del año 2000, ante el gobierno austriaco por la inclusión del nacionalista Joerg Haider en la coalición (a partir de su pasado de simpatías nazis), Arafat le envió una carta de felicitación.

Luego de la finalización de la Segunda Guerra Mundial, oficiales nazis cómodamente encontraron refugio en el mundo árabe. Egipto recibió a Alois Moser y Oskar Dirwanger, responsables por el asesinato de cientos de miles de judíos ukranianos (Dirwanger se convirtió en guardaespaldas del presidente Nasser); a Leopold Gleim, jefe de la Gestapo en Polonia; a Hans Eichler, sirvió en Buchenwald; y a Heinrich Willerman, un médico que experimentó con humanos en Dachau.

Entre los criminales de guerra que hallaron refugio en Siria se encontraron Alois Brunner, quién envió a la muerte a 150.000 judíos y supervisó el transporte de 340 huérfanos judíos a Aushwitz en 1944; Franz Rademacher, jefe del departamento de la cancillería alemana que lidiaba con los judíos; y Otto Ernst Remer, gobernador militar de Berlín. Estos y otros cientos de nazis fueron empleados por los egipcios y los sirios para el desarrollo de su industria misilística y aérea, así como para asistir a la policía secreta en propaganda anti-judía.

En otras palabras, estos nazis desde países árabes pudieron continuar su inconclusa guerra contra el pueblo judío. Asimismo, la captura en la Argentina y el juicio en Israel de Adolf Eichmann a comienzos de los años sesenta despertó olas de apasionamiento en todo el mundo árabe. Las expresiones públicas en la prensa condenaron a Israel por el acto y elogiaron a Eichmann por su gesta.

En tanto que varios criminales de guerra nazis han sido bien recibidos en el Medio Oriente árabe/musulmán, también lo han sido los negadores del Holocausto. El francés converso al Islam Roger Geraudy fue tratado como un héroe durante su gira por el mundo árabe en 1996. En El Líbano fue recibido por el primer ministro, en Siria por el vice-presidente y otros varios ministros. Dictó conferencias, fue entrevistado por la prensa local y participó en encuentros con figuras del mundo literario.

En Egipto y Jordania no fue recibido oficialmente pero despertó cálidos elogios en círculos intelectuales. La Unión de Artistas Árabes (auspiciada por el gobierno egipcio) lo nombró “miembro honorario”; el primero desde que la misma fue fundada más de veinte años atrás. El principal editor del periódico oficial Al-Ahram le confirió un premio periodístico por el “aire fresco” que contribuyó al “debate” sobre el Holocausto. Geraudy incluso fue invitado a escribir una serie de diez artículos para un semanario árabe publicado en Londres por el servicio en árabe de la BBC.

El juicio de Geraudy en 1998 en Francia (donde tal como en muchos países occidentales, la negación del Holocausto es considerada una ofensa criminal) generó intensas reacciones en el mundo árabe. En Gaza, se organizó una manifestación en muestra de solidaridad con Geraudy en la que participaron el Ministro de Comunicaciones de la AP, Imad Falouji, y el Secretario General del gabinete palestino, Ahmed Aadel-Rahman.

Además, el libro del negador francés fue publicado en el website oficial de la Autoridad Palestina. Mientras que los defensores del revisionista francés en occidente basaron sus argumentos sobre la base del derecho a la libertad de expresión, sus simpatizantes árabes, tal como observó un comentarista en Al-Hayat, evidenciaron poco interés en la libertad de expresión; más bien, fueron sus ideas lo que defendieron. En el año 2002, el gobierno libio otorgó a Geraudy el oximorónico “Premio Muammar Qaddafi a los Derechos Humanos”.

El caso de Roger Geraudy lejos está de ser excepcional. Otro negador, Wolfgang Frolich, encontró refugio en la embajada iraní en Viena luego de haber sido juzgado por las cortes austríacas en Mayo de 2000. El suizo Jurgen Graf huyó a Teherán en Noviembre de 2000 luego de que sus apelaciones a una sentencia de 1998 por incitación al odio racial fueron rechazadas. Además, notables figuras del movimiento revisionista, tales como Mark Weber y Ernst Zundel, habitualmente han encontrado una plataforma para la difusión de sus doctrinas en la radio iraní.

En mayo de 2001 en Ammán, en agosto de 2002 en Abu Dhabi, y en diciembre de 2006 en Teherán y El Cairo, conferencias internacionales negacionistas han sido celebradas; la primera bajo auspicios de la asociación de escritores jordanos, la segunda organizada por un centro de investigación de la Liga Árabe, la tercera por iniciativa del gobierno iraní, y la cuarta convocada por el Partido Socialista Árabe de Egipto.

Incluso la “Conferencia Mundial contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y otras formas de Intolerancia” llevada a cabo por las Naciones Unidas en Durban, Sudáfrica, en septiembre de 2001, fue prácticamente copada y completamente politizada por estados árabes y musulmanes, los cuales en el marco de sus tradicionales actividades antisionistas y antijudías incorporaron variantes minimizadoras y relativizadoras del Holocausto en la agenda del evento.

En busca del “Schindler árabe”

Musulmanes han salvado a judíos perseguidos durante la Segunda Guerra Mundial en Turquía, Bosnia y Albania, y por sus esfuerzos desinteresados han sido reconocidos como “justos entre las naciones” por Yad Vashem, el museo del Holocausto de Israel. Bajo la iniciativa del experto estadounidense en asuntos mesoorientales Robert Satloff, el primer árabe ha sido recientemente nominado a la distinguida categoría: se trata de Khaled Abdelwahhab, quien escondió a varias familias judías en su casa durante el período de ocupación alemana de Túnez. Según Satloff, han existido encomiables excepciones a la marea filo-nazi y filo-fascista en el Medio Oriente, también.

Su esfuerzo de cuatro años de investigación ha resultado en el hallazgo de unos pocos casos de oposición al nazismo y hasta quizás de marginal heroísmo, aunque como el mismo autor insinúa en su relato, no todos los casos serían 100% comprobables y en muchos de ellos los propios descendientes de los supuestos héroes se muestran reacios al reconocimiento. En otros casos, la ayuda brindada a los judíos habría sido parcial, aunque aún así merecería elogio dada la dureza de las circunstancias. Moncef Bay de Túnez, el sultán Muhammad V de Marruecos, el jeque Taieb el-Okbi de Argelia, por nombrar algunos, habrían, según este investigador, ayudado de alguna manera, con mayor o menor impacto, a la minoría judía residente en sus países. Incluso en el corazón de Europa, la Gran Mezquita de París habría dado certificados y refugio a judíos fugitivos.

En Argelia, enterado de los planes de un grupo fascista francés de lanzar un pogrom contra los judíos, el-Okbi emitió una prohibición formal a los musulmanes de participar en agresiones contra los judíos a la vez que imanes en mezquitas argelinas instruyeron a sus feligreses a no tomar ventaja financiera del sufrimiento judío en manos de colonialistas franceses. En Marruecos, el sultán Muhammad V se distanció del sentimiento pro-nazi de las elites árabes de entonces y, si bien consintió la aplicación de las leyes anti-judías que las autoridades francesas habían impuesto en sus dominios de ultramar, logró contener parcialmente el impacto de las mismas en su nación.

En Túnez, Moncef Bey, a pesar de haber sido depuesto y exiliado por los “Franceses Libres” en 1948 por su supuesta colaboración con los alemanes, ha gozado de la simpatía de la comunidad judía durante las décadas posteriores en función al apoyo moral que habría dado a los judíos tunecinos durante la guerra.

Más cerca de nuestros tiempos, dos proyectos invitan mención por su audacia. El primero de ellos ha sido la visita en mayo del 2003 de una delegación de 250 israelíes –la mitad de ellos árabes, la otra mitad judíos- a Auschwitz, organizada por Emil Shofani, un cura griego-ortodoxo árabe-israelí, cuyo objetivo era sensibilizar a los árabes ante el trauma judío del Holocausto. El segundo ha consistido en la apertura, en abril del 2005, del Instituto Árabe para la Investigación y Educación sobre el Holocausto –el primer “museo árabe del Holocausto” según su fundador, el abogado palestino Khalid Mahameed- en la ciudad de Nazareth, con el propósito de que los palestinos entiendan la necesidad histórica de un hogar seguro para los judíos.

Ninguna de las iniciativas escapó a la controversia. Mahameed ha sido criticado por los visitantes, insultado en público y marginado por su propia familia. Sofani fue ridiculizado por el ex vocero de la iglesia ortodoxa de Jerusalén que prometió organizar una peregrinación de palestinos musulmanes y cristianos a Sabra y Shatila en El Líbano (locación en la que a comienzos de los años ochenta milicianos cristianos masacraron a refugiados palestinos durante la incursión israelí a aquél país), “como un mensaje al mundo de que la verdadera tragedia es la del pueblo palestino”. Dada la atmósfera política reinante en el Medio Oriente, y dada la propia manera árabe y musulmana de retratar el Holocausto en los últimos años, es dable esperar actitudes renuentes a iniciativas del tipo recién descritas.

Pero la única forma de comenzar a educar a árabes y musulmanes a propósito de este asunto es justamente intentando quebrar los varios mitos construidos alrededor de este evento singular de la historia moderna. En este sentido, ha de ser celebrada la afirmación del ex presidente iraní Mohammed Khatami, hecha a un diario israelí, dicha pocas semanas después de la finalización de la conferencia revisionista iraní: “La Shoá contra el pueblo judío fue el ataque más grave contra la humanidad en nuestra época”.

Otro caso de resistencia a la negación del Holocausto aconteció a principios del 2001 cuando la protesta pública de treces prominentes intelectuales árabes precipitó la cancelación de una conferencia negacionista a ser celebrada en Beirut (la que finalmente tuvo lugar unos meses después en la capital jordana). También cabe mencionar la condena efectuada por jeques del Movimiento Islámico en Israel contra la conferencia negadora del Holocausto organizada por Irán, así como la intención de Mahameed de confrontar a los negadores en dicho evento (las autoridades iraníes le negaron la visa de entrada).

Demás está señalar que estas protestas han ido insuficientes. Tal como preguntó la feminista secular musulmana Ayaan Hirsi Alí: “¿Por qué no hay una contra-conferencia en Riyadh, Cairo, Lahore, Kartúm o Jakarta? ¿Por qué permanecen en silencio los 57 [estados] miembros de la Organización de la Conferencia Islámica?”.

Solo con una renovada y firme determinación oficial de los gobiernos de la región de abandonar los prejuicios y temores que suscita el Holocausto, sustentada en el apoyo de periodistas, artistas, académicos e intelectuales, podrá surgir una más saludable postura árabe/islámica acerca de un hecho histórico tan horrendo y contemporáneamente relevante.

El sinuoso sendero de las contradicciones

La actitud pública árabe hacia los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial luego de 1945 atravesó un proceso de cambio gradual. Tal como observó el académico Joseph Nevo, en los años inmediatos a la finalización de la guerra, la asociación árabe con los nazis fue explicada, por voceros árabes, mediante argumentos que subrayaban la naturaleza pragmática de la relación, apelando al conocido cliché “el enemigo de mi enemigo es mi amigo” (los nazis, tal como los árabes, eran enemigos de Gran Bretaña y Francia así como de los judíos), de esta forma negando que haya existido reconocimiento alguno a la ideología nazi y fascista. Análogamente fue explicada la cooperación del mufti con el Eje; sus actividades fueron justificadas sobre la base de que eran válidas acciones en el contexto de la lucha contra el sionismo. Los árabes incluso argumentaron en su favor que la política anti-judía alemana indirectamente favoreció, a partir de 1945, la causa sionista al brindarle simpatía mundial y facilitar de esta forma el establecimiento del Estado de Israel en 1948.

¿Cómo podrían las naciones árabes haber apoyado semejante cosa? Con esta lógica pretendían líderes árabes rechazar el alegato de que el exterminio judío fue visto con buenos ojos en no pocos rincones del Medio Oriente. El paso de los años distendió los sentimientos de culpa que hubiere en la región y ello dio lugar a una masiva exaltación del nazismo y de su líder. Fue solamente a partir de la penetración rusa en la región –y la nueva orientación pro-soviética de la política exterior árabe -que el epíteto “nazi” cobró una connotación negativa en la retórica mesooriental. El término pasó a representar una categorización generalizada de abuso, desprovista de su significancia anti-judía. De esta forma, un cambio perverso tuvo lugar en el discurso árabe. Puesto que si ahora el nazimo era algo malo, entonces el mismo podía ser usado para describir la conducta de los judíos. Esto dio lugar al “extraño espectáculo en el que los entusiastas aliados de Hitler atacan a las víctimas supremas de Hitler llamándolas nazis y racistas”, en la apta observación del orientalista Bernard Lewis.

Paralelamente, el Holocausto judío es banalizado al nivel de ser transformado en el motor de una catástrofe árabe-palestina, y como tal conmemorada el día de la fecha de la independencia israelí como un día de luto nacional. Así, desde 1945 el Medio Oriente se ha convertido en la única región del planeta donde negar, minimizar y trivializar el Holocausto es algo culturalmente aceptable; y cabe señalar que esto no es llevado a cabo por lunáticos o fanáticos marginales, sino por los propios regímenes oficiales en el poder y con el apoyo entusiasta de gran parte de la intelligentsia.

El objetivo, como hemos visto, es doble: cuestionar la legitimidad del establecimiento del estado israelí y negar cualquier vestigio de sufrimiento al pueblo judío. Y quizás, inconsciente o deliberadamente, árabes y musulmanes estén también intentando negar su propio pasado vergonzante. En cualquier caso, ellos han realizado un logro sorprendente: el de haber transformado al Holocausto -es decir, al paradigma del sufrimiento judío en la modernidad- en un arma al servicio de su incesante batalla política contra Israel.


Por Julián Schvindlerman
Escritor y analista político. Magíster en Ciencias Sociales de la Universidad Hebrea de Jerusalén. Autor del libro “Tierras por Paz, Tierras por Guerra”.
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