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25/12/2011
Januká
Januká de antaño que apunta al futuro
El rabino Pynchas Brener explica las diferencias entre un Jag (fiesta judía que está en la Torá) y una fiesta.
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Las dos celebraciones post bíblicas son Januká y Purim porque celebran eventos posteriores a la conclusión del relato incluido en la Torá. No obstante, se conmemoran tal como si tuvieran el sello Divino, porque la Torá otorga la potestad a los jajamim para legislar, incluso para instituir celebraciones adicionales con sus respectivas mitzvot, con instructivos que son obligantes, tal como si la Torá los hubiera decretado. Para los eruditos, existen algunas diferencias entre una mitzvá que proviene de la Torá y una mitzvá de origen rabínico. Este hecho, sin embargo, no disminuye su popularidad ni inhibe el entusiasmo que adorna su celebración.

Primero está el hecho de que son festividades alegres que conmemoran la victoria, el éxito de un desenlace feliz para el Pueblo Judío. En ambos casos peligró la existencia de gran parte de la sociedad que milagrosamente salió airosa del dilema, no sin antes tomar armas en sus manos para asegurar el deseado desenlace. En el caso de Januká optaron por una serie de batallas de guerrilla y en el caso de Purim obtuvieron el permiso del rey Ajashverosh para el uso de las armas con las cuales se defendieron y, al mismo tiempo, causaron un enorme daño a sus agresores. Antiojus y Hamán son los villanos, y los jashmonaim, Mordejai y Ester son los héroes.

¿Por qué nos regocijamos tanto en estas fechas? Es posible que constituyan un antídoto al dolor causado por los enemigos de Israel y a los siglos de persecución en tierras ajenas. Son una isla de alegría en ese mar de dolor que con frecuencia fue la suerte del pueblo judío. Aunque los hechos de Januká sucedieron en la tierra de Israel mientras que los eventos de Purim ocurrieron en la diáspora -diferencia que llevó a los jajamim a decretar que sólo en Januká se recitaran los salmos del Halel-, ambas festividades tienen un denominador común: el peligro de la asimilación. Aunque algunos quieren señalar que Purim es un caso de antisemitismo puro, momento en el cual Hamán instó al exterminio del Pueblo Judío con el argumento único que se trataba de un pueblo diferente al resto de la sociedad, y Januká relata el intento de helenizar a los hebreos, o sea, convertirlos a la cultura del entorno, hay quienes argumentan, con fundamentada razón, que el caso de Purim también se refiere al asunto de la asimilación. Vemos, por ejemplo, que los judíos asistieron al banquete que ofreció el rey Ajashverosh para consolidar su mandato y aparentemente no tuvieron reserva alguna por los alimentos -seguramente no kasher- del palacio real. Hamán se sorprende al enterarse de que Mordejai era judío. Obviamente no podía haberlo sabido por las vestimentas que portaba. Su apariencia externa no revelaba su condición de judío, no lucía como un jasid. Incluso Mordejai instruye a su sobrina Ester para que no revele su origen judío. No debe extrañar, por lo tanto, que situaciones similares estén ocurriendo en la actualidad en varios casos de la política norteamericana, en los cuales algunos candidatos o representantes electos “descubren” súbitamente su origen judío, especialmente después de que este hecho es publicado por la prensa.

Januká y Purim son muy relevantes porque el dilema de la asimilación está presente en el ámbito social y cultural de la diáspora judía contemporánea y, debido al proceso de globalización, su reto tiene que ser enfrentado incluso en el moderno Estado de Israel. No hay conferencia judía que no aborde el tema de la asimilación, especialmente cuando las alarmantes estadísticas confirman que en los Estados Unidos la mitad de los matrimonios de la comunidad se realizan entre judíos y gentiles.

La celebración de Purim es clara y prístina: se lee el relato de los sucesos que fueron recogidos en el libro de Ester, se come, se bebe, se comparte con los amigos y los menos afortunados. El caso de Januká es diferente, porque la celebración fundamental tiene que ver con las luces que se encienden cada noche por ocho noches consecutivas para celebrar un milagro: una cantidad mínima de aceite consagrado tuvo una duración de ocho días, para permitir, de esa manera, la elaboración de una nueva cantidad de aceite bajo la supervisión de un Kohén. Cabe suponer que el milagro del aceite no fue decisivo, y que la victoria militar fue lo que aseguró la reinstauración del Beit HaMikdash y el inicio del período de los jashmonaim en el reino de Yehudá. Hubiera sido una tragedia menor si la menorá del Beit HaMikdash hubiera permanecido unos días adicionales sin alumbrar.

La insistencia de los jajamim en el encendido de las luces durante ocho noches merece reflexión, para indagar cuál era el propósito de esa mitzvá y cuál era su mensaje fundamental.

Mi maestro Harav Yosef Dov HaLeví Soloveitchik hace hincapié en la diferencia entre la luz que se enciende antes del anochecer de los días viernes para dar la bienvenida al Shabat y las luces de Januká. La berajá que se recita en ambos casos es idéntica, sólo que se sustituye la palabra Januká por la palabra Shabat al final. De acuerdo con Soloveitchik, en el caso de Januká se debería concluir la berajá con “lehadlik ner Januká”, a diferencia del caso de Shabat, cuando se concluye con “lehadlik ner shel Shabat”. Mi maestro argumenta que la palabra “shel” equivalente a “de”, no debe ser incluida en Januká, porque la luz no es un elemento que pertenece a Januká, sino que se trata de la “luz Januká”.

Existen diferencias fundamentales entre los dos tipos de luz. La luz de Shabat tiene el propósito de permitir la alegría, el “óneg”, el deleite del Shabat, ya que en la oscuridad sería difícil tener esta sensación. Una casa con luz es un hogar alegre, mientras que la oscuridad está asociada con la tristeza y la penumbra. En el caso de Januká eso no es así. El propósito de la luz no es alumbrar; al contrario, no se puede utilizar su lazo, no se debe leer a la luz de la Janukiyá. Quien quiere leer en el mismo ambiente tiene que introducir una luz adicional. Esa es una razón adicional para encender un “shamash” como símbolo de una luz adicional que servirá para poder “ver” en el entorno donde se encuentra la Janukiyá.

La luz de Shabat sirve para alegrar el ambiente donde se servirá la cena, donde la familia, al concluir la semana, intercambiará experiencias y aprendizajes, entonará canciones de la liturgia alrededor de la mesa sabática. La luz de la Janukiyá, en cambio, es kódesh, es sagrada, “ein lanu reshut lehishtamesh bahem”, no podemos utilizarla para que alumbre el quehacer cotidiano del domicilio. Si la familia desea cenar en el mismo ambiente, tiene que encender una luz o luces adicionales para alegrar el ambiente.

La luz de Shabat sirve para alumbrar el entorno, la luz de Januká es para que ésta sea vista. Mientras que la luz de Shabat hace visibles las cosas que de otra manera permanecerían en la oscuridad, la luz de Januká alumbra hacia el futuro, señala un camino lejano, un porvenir. La luz de Shabat despeja las interrogantes, la luz de Januká es un reflejo de la luz primordial que Dios utilizó en la creación del Universo, antes que existieran el sol y las estrellas. La luz de Januká tiene un origen celestial, independiente de cualquier astro que luego fuese creado. La luz de Januká es la luz de la menorá que se encontraba en la parte anterior al Kódesh HaKodashim, el lugar más sagrado del Beit HaMikdash en el cual el Kohén Gadol ingresaba solamente en Yom Kipur, el Día del Perdón.

Aunque Januká celebra la victoria de los Jashmonaim, también fue el inicio de una etapa difícil y turbulenta de dos siglos que concluyó con la destrucción del Beit HaMikdash por los romanos. Mientras que el primer Beit HaMikdash fue construido con exuberancia y lujo, el segundo Beit HaMikdash fue erigido bajo una constante amenaza, sus obreros colocaban con una mano los ladrillos mientras empuñaban un arma con la otra. El primer Beit HaMikdash fue consumido por las llamas; en cambio, la kedushá, la santidad, nunca abandonó al segundo Beit HaMikdash, incluso después de su destrucción, y la luz de Januká celebra al segundo Beit HaMikdash, luz que se continúa celebrando anualmente.

Soloveitchik encuentra una relación especial entre Yosef, el personaje central de los capítulos de la lectura de la Torá que son leídos durante Januká y esa festividad. Porque en los días de Januká los griegos trataron de pervertir el código moral sexual, al erigir estatuas desnudas en los lugares sagrados para el judaísmo. Los griegos acentuaron la belleza del cuerpo humano, mientras que el judaísmo hacía énfasis en la santidad del mismo. Santidad implica separación; por ello, se debe cubrir el cuerpo con una vestimenta. Yosef representa la santidad porque se sobrepuso a los avances amorosos de la esposa de Potifar. En algunos cultos primitivos existía el personaje de la “prostituta sagrada”, “kedeshá”, en hebreo, una mujer apartada para el éxtasis sexual que era parte del culto idólatra. Está claro que al atribuir cualidades humanas a los ídolos paganos, la sexualidad no podía estar lejos, no podía estar ausente.

Yosef representa la superación del imperativo moral y ético sobre el instinto sexual. No obstante que era un joven apuesto, Yosef rechaza los avances amorosos de la esposa de Potifar, porque la imagen de Yaacov invade su mente en el momento de la tentación. Kedushá quiere decir vencer el apetito momentáneo, la voluntad para separarse de la tentación y del pecado.




Las vidas de Yosef y su padre Yaacov presentan muchas similitudes, hecho que explica la preferencia del patriarca por el primogénito de Rajel, su esposa preferida. Tal como Yaacov tuvo que luchar contra la ira de su hermano Esav, que quiso vengarse del episodio del arrebato de la bendición paterna, Yosef tuvo que enfrentar también a sus hermanos, quienes estaban invadidos por los celos, debido a la clara preferencia que Yaacov había demostrado por Yosef con respecto a los otros hijos.

Yaacov huye de la furia de su hermano a una tierra extraña y Yosef es “vendido” por sus hermanos y termina en una tierra extraña. Lejos del hogar paterno, Yaacov demuestra que es posible observar las tradiciones, incluso en un ambiente hostil para ello, cuando estaba bajo el tutelaje de su tío Laván, un personaje siniestro y traicionero. De manera similar, al ocupar una posición de privilegio en la corte del faraón, Yosef no olvida las enseñanzas de su padre Yaacov. Una vez que revela ante sus hermanos quién es realmente, envía regalos para su anciano padre. Envía una “agalá”, una carreta que sirve de señal para el anciano padre de que quien envía el regalo es efectivamente su hijo Yosef. Porque antes de partir hacía la búsqueda de sus hermanos, tarea que le había sido encomendada por Yaacov, había estudiado con el padre el caso de “eglá arufá”, el sacrificio que tenían que ofrecer los ancianos provenientes de la ciudad más cercana al lugar donde se cometió un crimen cuando no se puede descubrir al culpable. De alguna manera, los ancianos sabios tenían que asumir una cuota de responsabilidad cuando un crimen se perpetraba en su región, porque, aparentemente, sus enseñanzas no habían sido eficientes, no habían tenido eco. Ambos, Yaacov y Yosef, demuestran que es posible ser fiel al judaísmo incluso en la diáspora, tanto en la pobreza y la penumbra de la cárcel, como en el hogar del “tramposo” Laván o cuando se es acompañado por el éxito y se obtiene un puesto de privilegio al lado del Faraón.

Tal vez la relación de Yosef con Januká luce con gran fuerza porque este personaje demuestra la posibilidad del éxito frente a las circunstancias más adversas. Surge de la celda carcelaria a la corte de la nación más poderosa de la época; al igual que los Jashmonaim, quienes siglos más tarde demostrarán que un puñado de hombres totalmente convencidos de la justicia de su causa podrían sobreponerse al ejército bien equipado del poderoso Antiojus.

La luz de Januká no debe ser utilizada para la comodidad de un presente, porque su luz no solo se refiere a un victoria de un pasado remoto, más bien constituye una promesa de una redención futura total.

Apunta Soloveitchik a las dos palabras que significan el final: “sof” y “kets”. “Sof” se refiere a una terminación, la conclusión de un evento, mientras que “kets” se refiere a la conclusión de una era, de un período de la historia de la Humanidad. La Parashá específica para la lectura durante Januká se denomina “Mikets” y relata cuáles fueron los sueño del Faraón, pero, tal vez, también se refiere al final de la diáspora, a la conclusión de una era que dará inicio a la etapa mesiánica. La “venta” de Yosef a la esclavitud egipcia es un anticipo del período de esclavitud egipcia de todo el pueblo hebreo. Aparentemente era necesario pasar por un proceso de limpieza espiritual que debía incluir el desarrollo de los sentimientos de empatía por el perseguido y menos afortunado, por quienes no tienen asegurado el ejercicio del derecho por la vida. Para asegurar este aprendizaje, Yosef terminó en la casa del verdugo Potifar en Egipto, para luego pasar dos años en las profundidades de la cárcel egipcia. Sólo la persona que tiene una experiencia personal, en carne propia, puede identificarse existencialmente con el sufrimiento del prójimo.

Yaacov había sido un soñador y así lo fue Yosef. Yaacov soñó con una escalera que unía cielo y tierra, símbolo de la posibilidad de convertir en celestial lo que es terrenal. Yosef soñó con el sol y las estrellas que le rendían homenaje como un anticipo a su destino en la corte del Faraón, para de esa manera convertirse en el gran proveedor de sustento para una región inmersa en la hambruna, hecho al que aludió su sueño con las espigas de trigo. El Faraón valoró esta cualidad de Yosef cuando él mismo se convirtió en un “jolem”, un soñador, de las siete espigas y las siete vacas, las flacas y las gordas. Como gobernante había sido un hombre práctico y pragmático, pero los sueños lo inquietaron, descubrió que había otras vías para comprender la realidad, porque los hechos cotidianos requerían interpretación y comprensión.

Admiró a Yosef como un “jajam”, una persona que comprendía la esencia de un evento, la naturaleza no tan obvia de una situación. Pero además era “navón”, un individuo que sabía cómo hacer una evaluación de un suceso, cómo enfrentar una situación que su intelecto había comprendido. Yosef era un intelectual y un soñador, pero al mismo tiempo era un gran gerente, un planificador con talento para la toma de decisiones.

La luz de Januká apunta hacia un “kets”, una nueva etapa en la historia del ser humano, una era que requiere “jojmá” para entender su significado real, una era que también exige “tevuná”, el comportamiento “inteligente” que reconoce que la conducta correcta está enmarcada en la mitzvá, el instructivo Divino contenido en la Torá.

Januká celebra la valentía de los Jashmonaim de antaño, pero su luz apunta hacia el futuro, a una era por venir, de mayor “kedushá”, de santidad, que incluye la comprensión de que la salvación final será el producto de traducir la “jojmá”, el rayo de luz del entendimiento de la condición humana, en una acción concreta de convivencia entre los diferentes sectores de la sociedad. Ese día, en la visión de los profetas, todas las naciones ascenderán al monte del Señor para rendir culto al único Creador, el Dios que Avraham descubrió y que otras religiones monoteístas también identificaron siguiendo la tradición de sus ancestros. El “kets” apunta hacia la unidad de criterio, cuando la Humanidad entera reconozca que las “verdades” de cada comunidad son complementarias, porque todos somos hijos del mismo y único Dios que en el comienzo, en Bereshit, creó una luz primordial que cada uno tiene que redescubrir, luminiscencia que para el pueblo judío está representada por la luz de Januká.

Por el Rabino Pynchas Brener
Fuente: Nuevo Mundo Israelita
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